Prólogo / Bienvenido a terapia

Un secreto a voces

No hay nada que sea la «enfermedad» o el «trastorno mental». ¡Nada! La idea de que enfermamos mentalmente es completa, total y absolutamente falsa.

Un momento. Entonces ¿qué son la depresión, las obsesiones, la esquizofrenia, la anorexia, la ansiedad, el TDA… y esa infinita (y creciente) ristra de presuntas enfermedades?

No hay una respuesta simple (por eso he tenido que escribir un libro). Pero de ninguna manera son «enfermedades». Ni tampoco «desórdenes», «trastornos» o «cuadros psíquicos», como se dice ahora, haciendo la trampa de llamar por otro nombre a la misma cosa.

Como mucho, y si quieres, podríamos considerar la enfermedad mental como una especie de metáfora, de la misma manera que hablamos de «virus informáticos» o que decimos que nuestro coche «está malito».

Aun así, ¡cuidado!, las palabras no son inocentes. Algunas pinchan o se nos quedan pegadas, sobre todo, si victiman o estigmatizan. No hay nada más parecido a un paria que un «esquizofrénico» o a una víctima que un «depresivo».

Mi tesis es que términos como bulimia, fobia o trastorno límite no significan nada; son más bien distractores que ocultan y deforman la realidad. Los magos lo llaman misdirection, llevar la atención a otro sitio para despistar y disimular la trampa. Y no es para menos, porque si miras directamente a la «depresión» y a la «ansiedad» se les ve el truco, y te lo revelaré en estas páginas.

Verás. Una «depresión» puede remitir con un nuevo amor, charlando con un amigo o con una conversión espiritual. Pero me apuesto lo que quieras a que no imaginas que encontrar el sentido de tu vida pueda curar una luxación o una cirrosis, es decir, una enfermedad de verdad.

Con matices y excepciones, podríamos afirmar que ni Platón ni mi psicoterapeuta me extirparán un tumor, aunque ambos me ayudarán a superar mis obsesiones.

Y es que las enfermedades mentales ni son enfermedades ni son mentales. Son más bien problemáticas de la vida.

Aunque sean, con perdón, problemáticas muy jodidas.

La psicología y la psiquiatría tampoco existen

Las «enfermedades mentales» tampoco son «trastornos psicológicos», como si la psicología fuera un ámbito separado del resto que «explica» el sufrimiento por sí mismo.

Es más, la psicología y la psiquiatría (como hoy se entienden) tampoco existen. Lo que, por desgracia, sí existe (y vaya que sí) son los problemas humanos y el sufrimiento afectivo.

Y es una hidra espantosa, la peor condena que le puede caer a una persona (aunque, en cierta forma, él mismo sea juez y parte). De hecho, el dolor emocional suele ser peor que el físico justamente porque no se trata de una enfermedad. Pincha más un corazón roto que un hueso roto (y el que lo probó, lo sabe).

Pero son muy pocos los que se atreven a encarar al Gog de la psiquiatría y al Magog de la psicología para señalar que el rey está desnudo (desnudo… y bailando drogado en un aquelarre zombie).

Parece como dejar desasistidos a los «enfermos», aunque es justo lo contrario: empezar a tratarlos con respeto y dignidad, no como a «tontos», «locos» o «enfermos mentales», sino como a los adultos responsables que quieren (y deben) llegar a ser, sin ese tufillo de superioridad paternalista.

Algunos de mis pacientes alucinan con esto. Pero una vez superado el shock inicial, resulta liberador. Porque aceptar que no existe la enfermedad mental y afrontar la realidad que se esconde detrás es la condición sine qua non para «sanar». Aunque, como con cualquier prejuicio, cueste un poco deshacerse de él.

La «enfermedad» o «el trastorno» son las máscaras de una grotesca fiesta de disfraces, fantasmas que solo sirven para ocultar la realidad. Si los invocas parecen muy sólidos y asustan mucho, pero si los confrontas sin miedo, descubrirás que solo son un espejismo que desaparecerá detrás de una cortina de humo y efectos especiales.

Acompáñame unos capítulos y lo veremos juntos.

Entonces, ¿qué son y cómo se «curan»?

Si quieres una primera y tosca aproximación, lo que llaman «enfermedad mental» suele ser el intento (inconsciente) de no asumir algún aspecto de la realidad, ya que, por el motivo que sea, NO PODEMOS O NO SABEMOS HACERNOS CARGO DE NOSOTROS MISMOS, DE NUESTRO MUNDO O DE NUESTRO UNIVERSO PSICOLÓGICO. Es decir, no queremos o no sabemos gestionar nuestra responsabilidad adulta. Y «usamos» la «patología» para echar el balón fuera. Por supuesto, de manera más o menos inconsciente, no digo que se haga «adrede».

En otras palabras, lo que se esconde bajo un «enfermo mental» es un niño herido (o consentido) que no ha podido madurar emocional y afectivamente en algún aspecto de su personalidad.

Muy posiblemente esto pasó porque sus padres no supieron o no pudieron enseñarle cómo. Su infancia se quedó coja de una pata o de otra, siente como si la realidad «le debiera algo» o como si fuera él quien «debe algo» a la realidad (o ambas cosas). Y en medio de esa ambivalencia, la «enfermedad» es una enorme pataleta inconsciente.

O sea, que las enfermedades mentales no existen, son los padres.

Ojo, tampoco quiero decir en absoluto que sea «culpa» de los padres. No es tan fácil. Seguramente ellos mismos también estén inmaduros, ya que vivimos en el más infantil de los mundos posibles (un mundo creado por dioses adolescentes que premian la inmadurez sobre todas las cosas…). Ya lo iremos entendiendo y matizando.

Por eso, psicólogos y psiquiatras (papás postizos o padres de alquiler) muchas veces no son la solución, sino el problema1. Y nada nos garantiza que no estén tan perdidos como nosotros o más. De hecho, es muy posible que estudiaran psicología o psiquiatría para intentar resolver su propio y desastroso cubo de Rubik. Precisamente.

Esto no significa que no haya salida al dolor. Claro que la hay, aunque no suele estar en la consulta clínica.

Como Sócrates ya sabía, una «terapia» que de verdad funcione es un camino de (auto)conocimiento, maduración y crecimiento personal; una búsqueda sincera de la propia autenticidad (gnosce te ipsum). Y eso pasa, sí o sí, por un firme compromiso con la verdad.

Y la verdad es que las enfermedades mentales no existen… son los padres.

Ahora bien, vaya por delante que si estás «deprimido» o «ansioso» o has sido catalogado con las mil y una etiquetas diagnósticas que pululan por ahí, te aseguro que no te curarás.

No te curarás…

…¡Porque nunca estuviste enfermo!

*** Sigue leyendo el resto del prólogo aquí: Filosofía ácida ***

1. Aunque, por supuesto, puede ayudar. Cualquier cosa puede hacerlo si la persona de verdad quiere cambiar. Si alguien decide en serio dejar de fumar puede venirle bien un libro, un psicólogo o unos inútiles parches de nicotina (o nada de nada). Si otro, en realidad no quiere dejarlo, ya puede ir al mejor terapeuta del mundo, masticar una tonelada de chicles y leerse una biblioteca que seguirá fumando como un carretero mientras se queja (con razón) de lo malos que son los psicólogos en los que se ha gastado una fortuna, que mejor podría haber invertido en cigarrillos y bombonas de oxígeno.

La primera parte del Prólogo del libro. ¡Bienvenido a terapia!
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