Una psicoterapia es un tiempo que te dedicas a ti mismo, que te pertenece sólo a ti y que puede aprovecharse de muchas maneras, según lo vaya pidiendo la propia marcha del proceso.

 

El terapeuta tiene que asistirte y ponerse a tu servicio, pero sin contaminarte con sus propios sesgos, ideologías o “puntos ciegos”; o sea, tiene que estar en “lo tuyo” sin meter “lo suyo”. La terapia debería configurarse como un espacio de libertad flexiblepara que puedas utilizarlo de todas las maneras que vayan siendo necesarias en cada fase del tratamiento.

Todo es una cuestión de equilibrios. La terapia ha de tener, simultáneamente, la suficiente estructura como para no perder el hilo conductor que va enhebrando las sesiones hacia su destino último: ayudarte a encontrar una verdad personal más honda y vivir una vida más libre y auténtica o, dicho en otras palabras, llegar a ser más plenamente tú mismo. En esa tensión creativa entre la libertad y la estructura tiene que irse moviendo la terapia.

En la tensión creativa entre la libertad y la estructura tiene que irse moviendo la terapia.

De otro modo, si no hay una “forma”, un “objetivo” y un encuadre claros y determinados, podemos acabar teniendo la sensación de que estamos dando vueltas sobre lo mismo; o de que no acabamos de ir a ninguna parte. Hay terapias, o más bien, maneras de estar en terapia, que parecen fláccidas, “gelatinosas” o “neblinosas”, y esto es tan negativo como lo contrario: un proceso demasiado rígido y esclerótico que no abra el espacio necesario para tu desarrollo, o que no pueda acoger en sí la flexibilidad y la diversidad dinámica de tu proceso.

 

Lo que, por supuesto, nunca debería hacer el terapeuta, es opinar gratuitamente sobre tu vida, ni mucho menos imponerte una única manera de ver las cosas o intentar hacerte pasar por las horcas caudinas de una visión de escuela (sea ésta la que sea: conductual, cognitiva, psicoanalítica, humanista…).

La vida real no puede envasarse al vacío ni encorsetarse en los estrechos presupuestos de los modelos teóricos. Las personas no somos piezas iguales que necesiten un mismo tratamiento estándar en una cadena de montaje. Tu vida interior es algo único y concreto que acabará por rebasar la teoría. Cualquier intento de encajonarla en cómodas doctrinas prefabricadas significa ejercerle algún grado de violencia.

 La vida real no puede envasarse al vacío ni encorsetarse en los estrechos presupuestos de los modelos teóricos.

Aunque, por supuesto, y una vez más, todo es una cuestión de medida: el terapeuta tiene que saber ayudarse, cuando sea necesario, de las herramientas que las diferentes escuelas de psicoterapia han ido poniendo a su disposición y, si tú lo deseas (pero sólo entonces) adecuar el tratamiento a una escuela de referencia. Por eso el terapeuta debe ser solvente, es decir, disponer de un amplio arsenal de herramientas terapéuticas que poder ir empleando según vayan siendo necesarias. Lo que desde luego no debería ocurrir nunca es que alguien se vea sometido a un tipo de tratamiento que no desea.

 

Un psicoanálisis clásico, por ejemplo, puede durar años y hacer más mal que bien si no se cierra correctamente (de lo que, además, nunca hay garantía). Por el contrario, tampoco sería adecuado quedarse en una mera intervención de superficie, cognitivo-conducutal, cuando el caso “pide” o el paciente demanda una remodelación de orden más profundo.

 

Existen muchas formas de terapia y todas ellas pueden ser útiles, pero ninguna es una panacea o una herramienta universal aplicable a todos los casos o problemas. Al menos tendrías que sentir que el terapeuta te ha explicado suficientemente lo que quiere hacer contigo, qué método te recomienda y desde qué presupuestos va a manejar tu proceso y, por supuesto, adaptar el método a ti y a tu problemática específica, y nunca al contrario.

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