Poco a poco iré subiendo más partes del libro. ¡Por suerte es un tocho de más de 400 páginas! Pero se lee rápido, entre otras cosas porque he intentado hacer capítulos cortos que puedan beberse de un trago. Para que os hagáis una idea este es con (mucha) diferencia el más largo del libro. Eso sí. Léelo bajo tu entera responsabilidad, ya que hablaremos de uno de los capítulos más gores de la historia reciente de la psiquiatría (que ya ha sido, por lo general,  bastante gore).

 

El texto forma parte del capítulo titulado “Galería de los Horrores” (puedes cotillear el Índice del libro para ver dónde está), en los que hablamos entre otras terapias de electrochock, las duchas frías y los golpes de vara de abedul (que recomendaba Emil Kraepelin, el llamado padre de la psiquiatría), el contagio de graves enfermedades (como malaria o tuberculosis), curas de sueño en las que te meten tranquilizantes para dormir una semana o con fármacos tan potentes que causaban unas contorsiones que rompían las vértebras del paciente… entre muchas otras que harían las delicias de Stephen King (o del psiquiatra de Stepehn King).

Aquí un botón de muestra. Si te gusta, encontrarás más información en mi libro “Las Enfermedades Mentales No Existen… Son los Padres”.

 

¡Lobotomias, lobotomías… a la rica lobotomía!

Un capítulo aparte merece la «era de la lobotomía», que consiste directamente en cortar «cables» y arrancar cachos del cerebro a lo Hannibal Lecter.

Te ruego que me disculpes este largo epígrafe sobre el tema; no pude evitarlo. Me pierden las historias de terror. Y este capítulo me parece el más terroríficamente divertido de todo el libro.

Vamos al lío.

El padre de la lobotomía fue el portugués Antonio Caetano Egas Moniz. Si buscas su foto en Google Images comprobarás, clarísimamente, que es un cruce entre un goblin y Nosferatu.

Caetano Edgar Moniz, Papá de la lobotomía

Moniz leyó algunos trabajos en los que algún salvaje explicaba que los perros y monos se volvían más dóciles practicándoles la ablación (o sea extirpación) del lóbulo frontal.

Esto hizo creer a Moniz que las ideas obsesivas, que «como todo el mundo sabe» son la fuente de la psicosis, debían estar precisamente ahí, en el lóbulo frontal. Ya solo le hizo falta una regla de tres simple para ponerse abrir cabezas a tutiplén: si la locura está en el lóbulo, extirpado el lóbulo, extirpada la locura, ¿cómo nadie lo habría pensado antes?

Así que, ¡ale! Dicho y hecho. Moniz empezó a seleccionar pacientes y trepanarles la frente para extirparles pedazos de cerebro. Luego perfeccionó su técnica para destruir las fibras que conectan el lóbulo frontal con el resto del encéfalo.

Realizaba la operación metiendo una especie de cuchillas giratorias por las sienes y dándoles vueltas con una manivela mientras hacía literalmente papilla, el cerebro del paciente.

Por cierto, ¿le metieron en la cárcel?

No. Le dieron el Nobel en el 49.

Pero si Moniz fue el inventor de la moderna trepanación, como James Watts fue el inventor de la máquina de vapor, el que la popularizó fue el Doctor Walter Freeman que era, como su propia hija le definió, «el Henry Ford de las lobotomías». Y él encantado con la idea.

Freeman, lobotomiza que lobotomiza

Freeman era un hombre obsesionado con el éxito. Se veía a sí mismo como «nacido para triunfar», tal vez porque vivió su juventud a la sombra de su padre, que era el primer neurocirujano que extirpaba tumores en quirófanos-teatros. Lo hacía con una enorme cantidad de público que aplaudía entusiasmado al acabar la operación. Esto debió impresionar al joven Freeman y provocarle una desmesurada necesidad de reconocimiento.

Para comprender a Freeman debemos entender cómo eran los psiquiátricos de entonces. En pocas palabras, el escenario ideal para un videojuego «survival horror». Los «presos» (perdón «pacientes»), morían hacinados a miles como animales y sin recibir más tratamiento que absolutamente ninguno.

Los internos se autolesionaban, pintaban las paredes con sus propias heces, gritaban, se convulsionaban, babeaban de cara a la pared, etc. Lo cual, en mi humilde opinión, no implica necesariamente que estuvieran locos. Imaginémonos viviendo durante décadas (como aquellos pacientes) en una situación así, a ver lo que acabábamos haciendo con nuestras propias heces.

Es muy posible que Freeman, haciendo gala a su nombre, tuviera la sana intención de liberar a estos pacientes, por lo que, convencido de las bases biológicas de la locura, empezó a aislarse de su familia pasando los días y las noches en un laboratorio, estudiando los cerebros de los pacientes al más puro estilo Edgar Allan Poe.

El propio Freeman, después de examinar centenares de «cerebros enfermos», escribió:

«Reconozco que no he averiguado nada importante ni sobre las causas de la enfermedad mental ni sobre su tratamiento».

«Por fortuna», los trabajos de Moniz se cruzaron en su camino. Freeman tenía una visión de la psicosis parecida a la de Moniz, pero él creía que el tálamo (una parte del encéfalo situada casi en la base), era la sede de las emociones. Y que en los psicóticos (muy poco racionales), el problema era que el tálamo enviaba impulsos descontrolados a la corteza frontal.

Esa era la causa de la locura. Y, ¿por qué no?

Así que, nada, emulando a Moniz, le entraron unas ganas locas de ponerse a trepanar cráneos. Pero él era más «moderado», no quería arrancar cachos de cerebros; creía que bastaría con seccionar los fascículos que unen el tálamo con la corteza. Cortando las fibras, cortaría la locura.

Freeman se propuso el sano objetivo de ser el primer americano que intentase lobotomizar cerebros humanos. Ni el gobierno ni los pacientes se opusieron. Si lo dice el médico, que es dios, pues adelante, aquí tiene mi cráneo, doctor.

Sólo había un pequeño inconveniente, y es que Freeman no era cirujano, por lo que tuvo que contratar a un «becario» de la época que se llamaba James Watts (ojo, no el adorable inventor de la máquina de vapor, sino el siniestro neurocirujano) al que Freeman guiaba en las primeras lobotomías. Se sabe que anotó en su cuaderno, después de la primera operación, que el paciente tenía al despertar «una expresión plácida en el rostro». El hecho de que muchas personas murieran o tuvieran que volver a aprender a andar o a usar los esfínteres no evitó que siguiera trepanando cabezas.

El doctor no se hacía problemas fácilmente.

Por supuesto, cuando anunció su práctica en un congreso médico de la época, algunos médicos se opusieron, pero nadie lo denunció ni escribió en su contra gracias el proverbial corporativismo médico, lo que convierte (una vez más) a toda la clase médica en cómplices del horror más absoluto.

Freeman era muy bueno haciendo marketing, por lo que apareció en casi todos los periódicos importantes como un héroe que había desarrollado una cirugía puntera y vanguardista que curaba la locura. Y es que la ciencia progresa que da gusto. El padre de Freeman habría estado orgulloso de su retoño. Un caso muy freudiano.

Pero la mayor aportación de Freeman a la historia del terror universal no fue la lobotomía clásica. Freeman fue más allá e ideó un método para practicar lobotomías ambulatorias. Si no lo conoces, vas a flipar. Y te pongo sobre aviso de que es una de las cosas más desagradables que se han hecho nunca en la historia de la medicina (y de la humanidad). Si no tienes estómago, te lo puedes saltar.

Se trata de lo siguiente. A Freeman se le ocurrió que se podía acceder a las mismas fibras que destruía con las aparatosas operaciones, de una manera más simple, rápida y directa, sin necesidad de abrir el cráneo y de dejar el quirófano hecho un cristo.

¿Cómo? Pues a través de la cavidad del ojo. Llamó a su invento la «lobotomía transorbital», alias «lobotomía portátil de andar por casa».

La primera vez que probó su teoría fue con el picahielos de su propia nevera. Su hija cuenta cómo le vio bajar entusiasmado a buscarlo a la cocina.

La intervención era así:

Lobotomía transorbital con picahielos

Primero colocaba al paciente unos electrodos para darle una descarga eléctrica y dejarle inconsciente unos minutos. Luego situaba dos picahielos (como enormes punzones) sobre los ojos del paciente y los iba clavando en el cráneo, por debajo del párpado, con un martillo de madera. No hacía falta hacer más incisión que la propia presión del punzón metálico.

Cuando los dos picahielos habían penetrado en el cerebro, los movía como si fueran limpiaparabrisas, cargándose todas las fibras de materia blanca a su paso. No debía de ser muy diferente a cortar gelatina.

Al final lo extraía tirando muy recto de los picahielos como una especie de sacacorchos. La operación entera duraba menos de cinco minutos.

Rápido, fácil y diabólico.

La principal diferencia entre esta forma de lobotomía y un hachazo en la cabeza es que Freeman tenía la cortesía de regalarte unas gafas de sol para disimular los moratones de los ojos. Según él este era todo el postoperatorio necesario.

En una ocasión Freeman dejó al paciente con los picahielos clavados en el cerebro y buscó una cámara para sacar una foto, con lo que uno de sus avanzados instrumentos quirúrgicos resbaló dentro del cráneo y mató al paciente. No pasó nada. Limpió la mesa de operaciones e hizo pasar al siguiente. Así era él.

Su ayudante James Watts (el siniestro neurocirujano) se desmarcó del proyecto al ver la frivolidad con la que Freeman operaba en cualquier parte, incluso en cuartos de hotel en plan Instinto Básico, con picahielos y todo. Pero daba igual, Freeman ya no le necesitaba ni a él ni a su máquina de vapor. Ahora era el rey del fast food de las lobotomias. Como él mismo dijo en una frase, que le agradezco mucho porque encaja perfectamente en este libro:

«Hasta un tonto, incluso un psiquiatra hospitalario, podría aprender a hacerlo en una tarde».

Freeman se entusiasmó tanto con su nueva operación que empezó a realizarlas en serie. A veces hacía hasta 25 operaciones en un día, y algunos de sus discípulos 75.

Eso sí que es romper el hielo.

El doctor, ebrio de sí mismo, pasó de ver la lobotomía como el último recurso a verlo como el primero. Y fletó una furgoneta muy parecida exteriormente a la de la teleserie Breaking Bad y la bautizó como el «lobotomóvil». Montado en él (¡cómo molo yo!), se puso a viajar por todo el país predicando las bondades de la lobotomía. Recorrió su estado 11 veces enseñando su práctica a otros médicos.

Freeman llegaba a los psiquiátricos y pedía que pusieran a todos los «psicóticos» en fila y, uno tras otro, iban pasando por el picahielos. Pero no se quedo ahí, sino que empezó a lobotomizar a todo el mundo. En un psiquiátrico de negros operó ¡a todos los internos!

Enseguida fundó el Proyecto de Lobotomía de Virginía occidental y «trató» a más de 200 pacientes de la zona en 30 días. Haz las cuentas.

Lobotomía va, lobotomía viene, operó a amas de casa «deprimidas» a punta pala, a niños por ser «rebeldes» (el más joven de cuatro años), y a todos los residentes psicóticos de varias instituciones.Incluso destruyó el cerebro y la vida de una hermana de John F. Kennedy, cuya única (y terrible) enfermedad era no acabar de dar la talla para ser una Kennedy como Dios manda. La pobre chica tenía veintipocos años cuando cayó en manos del lobotimista. En cinco minutos perdió el habla y se quedó postrada en silla de ruedas y babeando para el resto de su vida. O sea, completamente curada.

Freeman tenía una gran tendencia al exhibicionismo. Para lucirse, en una especie de «más difícil todavía», a veces operaba con la izquierda a pesar de ser diestro o usaba un mazo de carpintero. Algunos médicos vomitaban o se desmayaban al ver la operación y eso regocijaba a Freeman como hizo constar en su diario.

Los muertos y los terroríficos «efectos secundarios» nunca detuvieron al que ha sido llamado «el gran profeta de la destrucción encefálica». Ya hemos dicho que no hubo voces críticas entre los médicos fuera de la profesión, excepto, todo sea dicho, los psicoanalistas, que tenían una concepción de la locura más humana y menos biológica.

Freeman en su lobotomóbil y en plan guay

A pesar de eso, se realizaron cientos de miles de lobotomías en todo el mundo. Fue una práctica que se puso muy de moda. De hecho, no se dejó de lobotomizar masivamente por motivos humanitarios o científicos (¡no olvides que era un procedimiento galardonado por un Nobel!), sino porque se descubrió (por casualidad) el primer fármaco de los llamados «antipsicóticos», la toracina, que, se publicitó como un «lobotomizador químico», una sustancia con las mismas ventajas que la lobotomía pero sin las desagradables molestias de tener que andar clavando objetos punzantes en el cráneo de la gente.

Mucho más limpio. Dónde va a parar.

¿Eran Moniz o Freeman unos monstruos?, quizás al final sí, aunque creo que al principio tenían realmente buenas intenciones (mezcladas con cierta y perversa necesidad narcisista). Pero lo cierto es que con la mejor de las intenciones zombificaron a cientos de miles de personas.

Eso sí, muchas veces la alternativa a la lobotomía era permanecer encerrado en un psiquiátrico de pesadilla aterrorizado durante décadas o durante toda la vida.

Así que el dilema es jodido. Entre estas dos aberraciones de la psiquiatría, ¿cuál elegirías?

¡Lobotomías, lobotomías… a la rica lobotomía!
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