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[VIENE DE LA ANTERIOR]

He visto muchos casos de personas que viven como hipotecados emocionalmente hablando, con la sensación de que aún no ha estrenado realmente su vida, sino que pertenece a “otro”, y ellas están como invitadas, invirtiendo en un futuro que nunca acabar de llegar. Amortizan deuda, pero nunca cancelan la hipoteca.

Tienen miedo a la vida (y a la muerte), a habitar a fondo su existencia, a hacerse cargo de sí mismos, asumirse plenamente, tomar responsabilidad e ir en serio. Se pierden en los preparativos, en la antesala de la vida, esperando, neuróticamente, un hecho fundante que les justifique e inaugure la realidad.

Puede ser encontrar pareja, un trabajo estable, mudarse de casa, ir a otro país, tener más dinero, que se me quite el acné, superar su psicopatología, hasta “iluminarse”… Y “si no me ilumino, no empiezo a vivir de verdad” parecen decir algunos en el colmo de la paradoja psicoespiritual.

Normalmente, ese hecho crítico que teóricamente marcaría el punto de inflexión (según el propio interesado) nunca llega, y si lo hace, tampoco pasa nada. O no era lo esperado o encontrarán otra excusa para que todo siga igual (que es una una de las maestrías del neurótico).

Es más, la persona está en una especie de cortocircuito existencial y hace todo lo que puede para evitar, inconscientemente, justo aquello que, en teoría, más desea. Y a no ser que allanemos mucho el terreno, y ganemos su confianza, nunca lo reconocerá, ni si quiera ante sí misma.

Una cosa que he podido comprobar en todos mis casos es que siempre hay una paradoja básica, un sí que dice no (en este caso un “no a la vida”). Y desentrañar la contradicción de base es la llave maestra sin la que no se puede abrir la puerta a la plenitud emocional.

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Ansiedad y miedo a la muerte
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